Tiritas de la realidad

Había dormido casi toda la mañana. Desperté con el encargo de Michelle apretándome las sienes: le había prometido llevarle un pantalón para que se lo ajustaran a su talla. Todavía con el sobresalto pateándome en el pecho salté de la cama y contemplé la hora; definitivamente era tarde. No debí apostar por una plácida hora más de sueño. Como pude arrastré conmigo los ayes y lamentos y dejé que se ahogaran bajo el chorro en el lavamanos. Contemplé mi rostro en el espejo y noté cierto abultamiento en las sienes, pero nada extraño. Procedí a cambiarme y salir a la calle. El cielo producía una sombra cordial y generosa. Doblé en la esquina y sentí los restos de pintura en la punta de los dedos. Seguramente habrán pintado sobre la insignia callejera que los vagabundos de turno habían marcado en el portón de entrada, como si el edificio les perteneciera, pensé. Un garabato indescifrable, dije en voz alta. Al menos para mí. Alguna marita o intento de ello. Luego rememoré la forma del dibujo que habían garrapateado, pero, por más que lo intenté, no pude hallarle ni pies ni cabeza. Mis pasos me condujeron por el pasaje Fiallos Soto. Crucé el Parque Central y me fui por la corriente humana que conducía al Paseo Liquidámbar. Remé entre la multitud, camuflado por el  anonimato y luego salí a flote justo a tiempo para torcer hacia la plaza Los Dolores. Un sol estival hacía alarde de su protagonismo en el teatro del mediodía. El taller de costura, pensé. La cabeza me balanceaba levemente. Quizás fuera el calor y la urgencia al salir de casa. Quién se detiene a pensar en esas cosas. En el laberinto del mercadillo contemplé a una señora sentada frente a una máquina de coser. Le hice la consulta, saqué el pantalón blanco de su escondite plástico, se lo mostré, no era gran cosa, debía ajustarlo, hacerlo más corto, cuánto tiempo tardaría. Ella terminaba una blusa, pero luego de eso, sin duda, podría hacerlo. Puede esperar. Desde luego. Tomé asiento casi frente a la costurera. Ambos entramos en la esfera de la contemplación, ella en su oficio, yo en la curiosidad del tallercito y sus detalles. Una arteria hacía pum pum en mi sien izquierda. No le hice caso. Me concentré en la guillotina miniatura, el mecanismo accionado por el pie de la señora costurera, una mujer blanca, mediana de edad y algo gordita que no dejaba de tararear una canción. Puse mayor atención, vi con detalle la aguja y el hilo atravesando la fibra de color rosado. Me arrellané en la silla de madera y sentí nuevamente una palpitación, pero esta vez en toda la cabeza. Seguía ahí haciendo pum pum. Esta vez me incliné un poco y me jalé el cuero cabelludo con algo de fuerza. Sentí un alivio al soltar mi pelo. Apoyé la espalda y suspiré. La señora seguía trabajando con denuedo como una hormiga obrera. El pantalón iba quedando bien. Ella tarareaba y yo intentaba descubrir la tonada. Me volteó a ver y dijo algo inentendible. Yo tenía un pum pum pasajero. Pronto se iría. La mujer me escudriñaba. Oiga joven, su cara, tiene algo. Qué tengo en la cara, le dije mientras me palpaba buscando a ciegas una mancha o sudor o incluso sangre. Y la costurera señalaba con su índice algo en mí que yo no terminaba de adivinar. Tenía los ojos bien abiertos. Me toqué compulsivamente el rostro como queriendo ubicar cada órgano en su sitio, mis ojos, mi nariz, mis labios, el mentón, las orejas, la frente, pero en vano. Señora, me puede decir qué diablos está señalando usted. El pum pum regresaba. La mujer se acercó con cuidado, tomó una hebrita de hilo casi invisible que parecía una cana que sobresalía de mi cuero cabelludo y tiró de él. Ah, era eso, le dije con alivio. Ella siguió tirando de la hebrita que se fue haciendo cada vez más larga. Pero qué carajo, dije, mientras elevaba mis ojos y veía aquella tirita salir de mí y permanecía lo más quieto posible. A esas alturas, la mano de la señora se fue llenando hasta hacer un ovillo de lo que parecía un curioso hilo de seda. Yo contemplaba todo eso atónito. Pero no terminaba ahí. Hay algo más ahí, me dijo. Qué cosa. Páseme el descosturador. Que le pase el qué. Ese pequeñito, el que tiene dos puntitas. Se lo pasé. La mujer procedió a hurgar mi cabeza como si yo fuera un trozo de tela de su taller. Qué tengo ahí, qué es. Espérese. Pero la impaciencia me mordía con fiereza. Se le descosturó algo acá arriba, sólo tengo que terminar de sacarlo. Apúrese. Apenas sentía unas leves cosquillas y de repente algo cayó sobre mis ojos. Qué es eso. Quítemelo, quítelo de encima. Paciencia, joven, ya casi termino. Fue jalando despacito una laminita trasparente que yo empezaba a ver distanciándose de mí. Qué carajos pasa. Creo que es su piel. Un grito de dolor emergió de mi garganta, aunque en realidad debo confesar que no sentía nada en absoluto. Ni la más leve cosquilla. Pero la señora costurera no se detuvo ante mis gestos de dolor aparente, por el contrario, como si se tratara de su hijo me fue quitando aquella placenta delgadísima de la cara, el cuello, luego me tuve que quitar la camisa y no tuve otra alternativa que desnudarme por completo, uno que otro curioso me echaba un ojo, no era la gran cosa ver a alguien desnudarse en un taller de costura, hasta que, en efecto, finalmente logró separar hasta el último trazo de epidermis de mis pies sin derramar una sola gota de sangre. Pensé en los condenados extraterrestres. Pensé que estaba drogado, seguramente algo que había comido me había intoxicado. Me figuré que probablemente estaba dormido y soñaba a pierna suelta. El pum pum había desaparecido. Un espejo, deme un espejo por favor. Enfrente tiene uno. Volteé a ver mi cuerpo desnudo de pies a cabeza. Ninguno de los dos se atrevió a hacer conjeturas o someras explicaciones porque todo aquello no tenía sentido. Me vi unos segundos más. Luego me vestí rápidamente. Cuánto le debo. Cincuenta, son cincuenta. Le pagué y me fui. Supongo que la piel se la habrá quedado la señora costurera. No me importaba. Tenía el pantaloncito de Michelle. La jodida era ver cómo le iba a explicar que ese Alex era yo si no se parecía en nada a mí. Mucho peor esa mancha marrón en la cara en forma de... Carajo. Decididamente, tenía toda la tarde para pensarlo.
7 de marzo de 2017 by Ledeszmann

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