Lunes 3 de septiembre de 2012


Estoy leyendo una novela. “Una misma noche” de Leopoldo Brizuela. En realidad estoy a punto de terminarla pero, una fuerza desconocida me conmina a escribir estas líneas. Mi padre. El padre del personaje en la novela. El hijo que fui. El protagonista y la sombra de su propio padre. Narrar estos fantasmas que llevo dentro y que son mi galería familiar. De pronto comprendo que le fallé al viejo, que lo defraudé, que no lo entendí (no lo terminé de comprender). Digamos que su vida libertina, oscura, a veces triste, a veces decadente, a veces como un salto suicida, un reclamo a ese dios que al final nunca supe si terminó de rechazar o no, era una paradoja, un frenético grito desesperado (o desesperanzado) que yo creí que lograba eludir. Dudo mucho que lo hiciera. Pero yo era joven, demasiado joven y me habían endoculturizado bajo el signo antinómico del cristianismo. J. sí evadió esa muralla que es la religión. Saltaba de un lado a otro como un acróbata, un equilibrista tras los pasos de mi padre. Yo lo juzgaba, cabizbajo, y vejaba sus miserias como resultado del pecado. Y el viejo, instruyéndome con su silencio, con su vida, con discursos que resonaban en la oscuridad de la calle y madrugadas infinitas y en compañía de hombres y mujeres que no alcanzaban esos puentes-andamios que yo no me atrevía a saltar. Y entonces se fue de fiesta con la muerte. A veces creo escuchar su voz, sus pasos ágiles, sus bolsillos inundados de monedas y llaves y papeles (no se imaginan cuántos papeles arrugados cabían en esos bolsillos metafísicos) y alguna señorita o muchacha vagabunda –compañera de viaje-. Claro, el dolor y la ausencia depuran, y en esos últimos días no hablamos mucho, el viejo y yo, el silencio lo era todo. Una complicidad en su mirada triste, apagándose como un dios mitológico en quien ya nadie cree, inundaba mis ojos igual de melancólicos. Se largó por ese ineludible camino. Cuarenta y tres años. Y nunca lo comprendí al viejo. No en su totalidad. Me veo al espejo. Veo a mis hermanos. Somos refracciones suyas. Destellos que inundan este tiempo-espacio. Me siento como él, una prolongación suya, a veces creo repetir su historia, al menos en parte. Y llevo dentro como un mismo dolor compartido, la misma decepción heredada. Tal vez. Una angustia infinita. Y él también escribía sus cosas, en una libreta pequeña con su letra diminuta, sacándose bichos indescifrables. En fin. Me perdí del asunto. O no. Quizá todo esto consiste en extraviarme en mi escritura o en la memoria. Vuelvo a la lectura.

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