The Worms
Esta es una banda.
Se llama The Worms, hace tributo a las más terribles dictaduras
latinoamericanas (a las víctimas, por supuesto). Tocan en género grunge. Se inspiran en Kurt Cobain –Nirvana,
Eddie Vedder –Pearl Jam, Stone Temple Pilots, Soundgarden, Alice in chains; en
un repudio visceral hacia Pinochet, Stroessner, Videla, Banzer, Duvalier,
Trujillo, Batista, y demás tiranuelos. Su música, aparentemente caótica, y en
parte sí lo es, atrae a muchos jóvenes. Nadie sabe cómo llegan a la radio pero
(como todos) lo hacen. Pronto están dando conciertos que, de súbito, se
convierten en una gira por Buenos Aires, Santiago de Chile, Sao Paulo, Lima,
Caracas, San José, Tegucigalpa, México D.F.; aunque no quieren obviar ciudades
esto es inevitable, terminan en EEUU, y de manera inesperada firman contrato
con un sello discográfico de mediano peso junto con otro concierto por el sur,
Texas y Arizona, y finalmente en Seattle –la ciudad sagrada del grunge-. Se
dicen parte de un nuevo movimiento latinoamericano que pretende despertar el
pasado o la conciencia histórica, para las nuevas y jóvenes generaciones, de
forma brutal: removiendo las susceptibilidades con el desencanto, lo indie y la alienación propias del
significado de la música grunge. Los integrantes de la banda son un chileno, un
uruguayo, un tico, un catracho, un mexicano (posteriormente un dominicano):
guitarra, bajo, batería, voz y guitarra líder (el musicólogo percusionista que
hace una trilogía de guitarras). Pero esto se descubre después de largas
cavilaciones (propias de los mass media
o quizá sean simple conjeturas). Otros creen que es simple “marketing”. Viajan
a Europa promocionando el disco, lo que es lo mismo, presentando sus extrañas
canciones. Aunque solo cantan en español su música es contagiosa o más bien lo
es el grunge que domina a principios de los noventa. El público en Asia delira
igual que lo hacen en el istmo centroamericano. La canción de Videla habla del
mundial en Argentina, en el 78, hay torturas, goles, infamia y un bigote falso
del “milico” quien tiene pesadillas recurrentes donde pierde la voz y sufre de
incontinencia urinaria y duerme rodeados de perros entrenados para vigilar su
sueño (acaso perros pavlovianos). La que menciona a Stroessner es muy parecida,
caricaturizando de manera hiperbólica la figura y gestos del tiranuelo quien se
asoma al espejo cada mañana con dejos arios y tintes discursivos hitlerianos.
Otra menciona una orgía entre Trujillo y Batista donde se suceden rarezas
musicales que van de la conga a tambores tribales y entonces se copulan
mutuamente. Sin duda la mezcla de partes del cuerpo de los Somoza; el viejito salvadoreño
teósofo; una repetición de Carías –cada vez más disminuidos: repetición en
serie bananera, ergo Melgar, ergo Polo Paz; el “hombre” Noriega entre
estupefacientes y líneas de cocaína que salen de una nariz del Tío Sam y un
patético Ríos Montt castrado con obsidiana pura, es una de las más novedosas y
mejor logradas pese a que sobresale un verso de Neruda: “Alta es la noche y
Morazán vigila”, éste se repite con un solo espectacular de guitarra y después dice:
“Alta es la noche y los desaparecidos vigilan”, y casi al final el riff : “Alta es la noche y nosotros
vigilamos, asesinos”, lo que termina de echar por la borda (sino al abismo o
limbo poético) el sentido del verso nerudiano. Pero la favorita es la “Oda a
Pinochet”, una farsa que combina versos surrealistas, pero que en realidad no
tienen nada de surrealistas solo pretenden serlo, y que juega con palabras (en
un sin sentido que sí puede catalogarse de surreal) donde dice moneda del
hastío, dice Chile es sus muertos, dice poesía remontando fusiles o poesía
escupiendo infames fusiles, dice cóndor siniestro o algo que tiene que ver con
la sombra de un cóndor que se traga o intenta devorar el cono sur (algunos
dicen que no es un cóndor sino un buitre, otros un águila conquistadora y
algunas hasta un dragón); hay voces de fondo gritando algo inenarrable o
inaprehensible auditivamente, pero esto es parte de la trama musical. No
obstante, a los fanáticos les encanta. Un día, The Worms hace lo impensable, el
unplugged con MTV; que algunos de sus fieles y radicales seguidores catalogan
como un acto de prostitución (capitalista o kapital). A partir de ese evento
todo cambia. Sobreviene un elevado índice de ventas y giras mundiales hasta que
son abucheados –de ahí el insodable mito y el siglo XX agónicos- en una ciudad
tan extraña como es Yakarta y por un público más extraño aún o más extrañas las
letras y las posturas y la actitud de The Worms ante los silbidos, o la
rechifla general, y agresiva quema de afiches, camisetas, banderas, y la
subsecuente rebelión y contrarrebelión (fans del buen rock vrs. Escuadrones policiales)
que finalizan el concierto en apenas veinte minutos. Son años aciagos, con un
público medianamente fiel, con ventas relativamente aceptables, con intentos de
un nuevo disco, con la ejecución de covers
de otras bandas de grunge. Como parte de un plan de rescate o de reivindicación
–para no sonar tan alarmantemente acabados- plagian algunos versos de Gelman,
de Benedetti, de Cortázar y preparan un disco acústico. Lo más rescatable de
todo este esfuerzo es la musicalización del poema “Confianzas” de Gelman, una melancólica
composición donde “se sienta a la mesa y
escribe, con estos versos no harás la revolución dice… No conseguirá tabaco o
vino…” son un irónico pero buen epílogo de la banda que se desintegra (sin
sobredosis de algún integrante ni pleitos extremadamente novelados). Algunos los
recuerdan con cariño, sobre todo en su primera etapa, la de agresiva pasión musical.
La que prometía un futuro más elocuente. Sucede que en la gira de despedida
coinciden con el juicio al anciano Pinochet. Los medios aprovechan la
coyuntura. Las entradas se agotan en un par de días. Santiago es una ciudad
donde las caravanas y los peregrinajes de latinoamericanos no se hacen esperar.
La banda prepara sus canciones, depuran letras, quieren dar una sorpresa: una
sorpresa final. Todos coinciden que es inevitable: van a cantar en los
alrededores del hospital la “Oda a Pinochet”, quieren infartar al angustiado y
decrépito ex-general. En la radio, en entrevista, horas antes, anuncian su
cometido, cantarle en directo al querido Pinochet. El concierto es una locura,
la multitud delira, los ovaciona, concluye con lágrimas en los ojos de la
banda, pero ha llegado el momento: se bajan del escenario, salen del Estadio
Nacional y se encaminan rodeados de esa inmensa hermandad latinoamericana hacia
el Hospital Militar de Santiago. Van cantando, a capela, abrazados
fraternalmente, lo que parece un himno desconocido o canciones de Víctor Jara. Nadie
sospecha que el delirio febril de las masas enardecidas llega al vandalismo y,
de eso, las redadas policiales, el cerco al hospital, el intento de cantar la
oda (que apenas logra escuchar Pinochet, que esa noche ha tomado un efectivo
calmante recetado por un buen geriatra), la huida vergonzosa o desbandada de
los hooligans latinoamericanos y de
los integrantes de la banda que, en la lucha callejera contra el ejercicio del
poder, han perdido los instrumentos musicales o se han defendido con ellos. El
proceso judicial, el encarcelamiento “preventivo”, el pago de las fianzas y las
histéricas declaraciones en la televisión y el definitivo repatriamiento de
cada uno de los “wormsitos”, cada cual a su país. Han quedado igual que antes
de la banda o peor: pagaron multas por sedición pública y amotinamiento
colectivos, aparte de prohibirles volver a subirse a un escenario posible (o
imposible) en todo el diámetro geográfico que es Chile. Se escriben, muy poco,
se visitan, escasamente. La iniciativa de algún promotor cultural intenta, en
vano, que toquen en otro remoto rincón latinoamericano. Tiene hijos, esposas,
un papel predestinado con anterioridad en la sociedad: su reinserción a la
rutina, a la normalidad es cuestión de tiempo. La vida continúa. El tiempo,
como todo, hace estragos en la agitada memoria convulsa de la historia que un
día fue The Worms.
Noviembre,
2011
Re-visitado
27/V/13 00:03
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