Pedro Pablo "Popeye"
Salí precisamente a la hora en que debía marcar la entrada en el celebérrimo rotativo donde me desempeñaba, y mientras intentaba ganarle un pulso al tiempo, saltaba las gradas del edificio de apartamentos a contrarreloj, sentí una sensación tibia en las pantorrillas o en la ingle, la sangre bombeando compulsiva en el pecho, iba ejecutando maniobras evasivas para cruzar las calles y rodear –un ligero vals– peatones–orugas sin tiempo, hasta internarme en el taxi colectivo, y de nuevo volvió la sensación tibia desde las pantorrilas: ascendiendo en la ingle: palpitando en los oídos.
Apenas a unos metros un oficial nos detuvo.
–Papeles.
–Llame a Pedro Pablo “Popeye”.
El oficial de la Dirección General de Transporte hizo una llamada, de escasos segundos, se acarició el bigote decimonónico, parpadeó de prisa, procedió a asentir con voz obediente, y, de este modo, comprobó la inmunidad del vehículo, de sus placas, de su número de registro, todos clonados de común acuerdo entre caudillos míticos que solo en ese momento asomaban de la sombra del anonimato para emerger con el misterioso y caricaturesco nombre “Popeye”.
–¿Qué le dijo Pedro Pablo “Popeye”?
–Todo en orden. Váyase.
En el interior todos nos volteamos a ver con disimulo o solo imaginé que eso pasaba. El conductor puso el taxi en marcha y los pasajeros sentimos el inicio de un vertiginoso tránsito hacia lo desconocido: íbamos en un taxi fantasma y eso transformaba, modificaba el taxi en un montón de piezas de hierro unidas a su antojo por un vacío insospechado o diminutos tornillos que flotaban a escasos centímetros del suelo, encogimos las piernas hasta lo imposible –contorsionistas chinos improvisados– o encogimos los pies como si de repente las formas del carro se desdibujaran y gravitáramos y el suelo se abriera bajo nosotros y de repente surgiera una grieta semejante a las llagas dolorosas del averno hambriento de nuestros cuerpecillos, o eso suponíamos nosotros, el silencio que nos rodeaba permitía este tipo de cavilaciones. Ya no teníamos la menor duda: los traficados éramos nosotros. En nuestros dedos sobrecogidos por la duda asomaban, tímidos, los billetes del pasaje. Las calles semejaban laberintos que conocíamos o que se bifurcaban a su vez en otros laberintos harto conocidos por nosotros, líneas angulosas que conformaban el rostro de la infame ciudad. Destino. La esquina al final del viaje. Cuando pagué casi ni sentí ese regular alivio que significaba entregar el pago del pasaje y salir a flote de ese pequeño submarino blanco hacia el estupor de la superficie. –Llame a Pedro Pablo “Popeye”–. Pensé en los “popeyes” del país. Pensé en el taxista. Pensé en el bigote decimonónico del oficial. Pensé en los pasajeros con sus culos al aire en todo el territorio que le pertenecía a ese “Popeye”: ¡Que el diablo me lleve! Pensé en todo eso muy de prisa. Sólo un momento. Era tarde. Volvió a mí la sensación tibia en las pantorrillas o en la ingle. Definitivamente era muy tarde.
Apenas a unos metros un oficial nos detuvo.
–Papeles.
–Llame a Pedro Pablo “Popeye”.
El oficial de la Dirección General de Transporte hizo una llamada, de escasos segundos, se acarició el bigote decimonónico, parpadeó de prisa, procedió a asentir con voz obediente, y, de este modo, comprobó la inmunidad del vehículo, de sus placas, de su número de registro, todos clonados de común acuerdo entre caudillos míticos que solo en ese momento asomaban de la sombra del anonimato para emerger con el misterioso y caricaturesco nombre “Popeye”.
–¿Qué le dijo Pedro Pablo “Popeye”?
–Todo en orden. Váyase.
En el interior todos nos volteamos a ver con disimulo o solo imaginé que eso pasaba. El conductor puso el taxi en marcha y los pasajeros sentimos el inicio de un vertiginoso tránsito hacia lo desconocido: íbamos en un taxi fantasma y eso transformaba, modificaba el taxi en un montón de piezas de hierro unidas a su antojo por un vacío insospechado o diminutos tornillos que flotaban a escasos centímetros del suelo, encogimos las piernas hasta lo imposible –contorsionistas chinos improvisados– o encogimos los pies como si de repente las formas del carro se desdibujaran y gravitáramos y el suelo se abriera bajo nosotros y de repente surgiera una grieta semejante a las llagas dolorosas del averno hambriento de nuestros cuerpecillos, o eso suponíamos nosotros, el silencio que nos rodeaba permitía este tipo de cavilaciones. Ya no teníamos la menor duda: los traficados éramos nosotros. En nuestros dedos sobrecogidos por la duda asomaban, tímidos, los billetes del pasaje. Las calles semejaban laberintos que conocíamos o que se bifurcaban a su vez en otros laberintos harto conocidos por nosotros, líneas angulosas que conformaban el rostro de la infame ciudad. Destino. La esquina al final del viaje. Cuando pagué casi ni sentí ese regular alivio que significaba entregar el pago del pasaje y salir a flote de ese pequeño submarino blanco hacia el estupor de la superficie. –Llame a Pedro Pablo “Popeye”–. Pensé en los “popeyes” del país. Pensé en el taxista. Pensé en el bigote decimonónico del oficial. Pensé en los pasajeros con sus culos al aire en todo el territorio que le pertenecía a ese “Popeye”: ¡Que el diablo me lleve! Pensé en todo eso muy de prisa. Sólo un momento. Era tarde. Volvió a mí la sensación tibia en las pantorrillas o en la ingle. Definitivamente era muy tarde.
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