Consciousness
JM observa el horizonte y casi como si fuera una orden enciende un apretado cigarrillo artesanal. Camina despacio, sus pasos levantan nubecillas de polvo que se adhieren a sus botas y su pantalón; silba llevándose dos dedos a la boca y su corcel se aproxima y lo monta. Se dirige hacia su guarida más cercana, un lugar extraído de la memoria del salvaje oeste. Dos borrachos se balancean a la entrada de la cantina. Al fondo se escucha el piano melódico y hombres de mala muerte beben e intentan abrazar a dos mujeres huidizas. Sube a la segunda planta y empuja la tercera puerta. En su habitación, un viejo cofre, un enorme armario y un camastro. Se detiene frente a él y salva la noche. Seis horas. JM despierta consciente, observa su atuendo, se toca el rostro: una enorme cicatriz atraviesa su mejilla derecha. Piensa en la señorita B. Piensa en los rubios cabellos y en la agradable voz de la señorita B. Siente unos deseos terribles de ir a verla, aunque sabe que alguien más le ha predeterminado una esposa y un hijo más allá, al noreste, cruzando la tierra de los ladrones. Se levanta, abre el cofre y guarda la munición de fusil, del arma de repetición, del revólver y de la escopeta de dos cañones. Atraviesa la puerta. En vano ha intentado ver su reflejo en un espejo ovalado. Un grito lo horroriza. Es el imperativo llamado de una dama en peligro. Corre veloz por las gradas de madera rústica, empuja a los integrantes de la banda de ladrones de los gemelos B (o acaso de la banda de W, no lo sabe). Sale a la calle. Una rubia se estremece bajo el peso agobiante de un vaquero que intenta apuñalarla. JM elige la escopeta recortada, se acerca por la espalda, imperceptible, dispara, los perdigones efectivos atraviesan el tórax del vaquero, y le arrancan la vida al villano, apenas unas leves manchas de sangre tiñen la pantalla durante unos segundos, únicamente queda el cadáver y un charco de sangre. La mujer, una conocida meretriz, se acerca agradecida y, mientras coloca sus manos sobre JM, le afirma que ese hombre era un mal tipo, un machista, pero por lo visto él no es igual; dicho esto ella se aleja tranquilamente. De inmediato se le acreditan cinco pesos y automáticamente revisa los bolsillos del muerto. Una carta de indulto, aceite de serpiente y siete pesos. Se oyen los gritos nerviosos que han nacido tardíos de la acción de su arma. Ha ganado un poco más de fama, acaso algo de honor. JM sabe que ha sido preparado para eso. Un oscuro pasado, que alguien ha imagino por él (y para él). Pero no piensa mucho en eso. Camina y observa el pueblo. Un sol brillante, pero que no emite calor, va inundando la llanura cercana. Cactus irredentos, maleza marchita y rocas colocadas al antojo dominan ese escenario posible. El entablado, las vías del tren y la pequeña estación. Los otros le parecen autómatas, saluda al tendero (lo sabe por el delantal que lleva puesto), saluda al sheriff (con su eterna estrellita plateada en el pecho) a su paso, saluda a una mujer y descubre que sus frases se terminan, cuando pasa el siguiente transeúnte apenas se lleva la mano al sombrero, lo inclina y su boca permanece muda. Sin embargo, en su mente fluye una gran reflexión sobre todo ello. Posibilidades, piensa JM. El número de mis posibilidades es limitado. Sí o no. Hacer o no hacer. Aceptar o rechazar. Matar o... ser asesinado. Entonces se acobarda, en su mente teme pensar en la preciosa señorita B, quizás ese reducido universo de posibilidades lo infecte y pensar o no pensar en la señorita B también sea parte de la trama. Un hombre le pide ayuda, le han robado su caballo. A unos metros observa al ladrón montarse al famélico animal. Lo ve y saca su revólver. No deja de mirarlo. El tiempo se ralentiza. Todo se torna de un solo color. Apunta al jinete y visualiza primero una, luego dos pequeñas equis, en la sien y en el cuello. Dispara. Las balas rompen el tiempo, casi revientan sus tímpanos. El tiempo muerto resucita y ve al jinete caer y desangrarse en su propia poza sanguinolenta, se revuelve un rato en el suelo, solo son los estertores finales, ya es cadáver. Enlaza rápido el animal. Lo devuelve a su dueño. Se le acreditan doce pesos y ahora tiene un guardapolvo entre sus atuendos. Sube de prisa a su cuarto y, en efecto, el guardapolvo está ahí. Decide utilizarlo. Desciende con su nuevo traje, una chaqueta vieja con muchas costuras que le cubre hasta la altura de las pantorrillas. JM observa en la estación una hoja que dice "Se busca", abajo el retrato de un buscatesoros y más abajo un par de cifras. El precio por su cabeza es el doble si se atrapa vivo, muerto solo la mitad. Observa la esquina superior derecha de la pantalla. Se da cuenta que necesita dinero. JM vuelve a pensar en la hermosa solterona de 29 años que le ha salvado de morir a manos de su antiguo compañero de armas. BW lo tiene por muerto, pero él no ansía la venganza (como está escrito en el guion de su personaje). Quiere romper con su destino. Quiere llegar lo mas pronto posible al rancho de los McFarlene y, de ser posible, robarse a la señorita B al más clásico estilo del oeste: llevársela atada sobre su corcel y extraviarse en las frías montañas de Tall Trees, mientras el ocaso intenta morderles la espalda. Se ve en una cabaña lejos de todos esos personajes acartonados y de todo ese mundo antinómico. JM quiere vivir el resto de sus días (si existen) con esa mujer que lo ha visto con ojos de admiración, curiosidad y pasión secreta. Antes debe cazar al hombre que se esconde en las distantes colinas del sur. Guarda la hoja en un bolsillo del guardapolvo. Monta su caballo y sale deprisa. JM no cree en la palabra destino.
26/VIII/14 Istmaniennhaus 22:34

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