Ernesto
La noche anterior lo habíamos visto cruzar el puente. Él rumbo al barrio inglés, nosotros hacia la "playa de los maestros". Al pasar junto a nosotros creí ver un ángel, como yo los denomino, un ángel callejero, pero él no parecía ser uno. Detrás de aquella espesa barba y ojos intensos estaba oculto el Caribe. Recuerdo haber llegado a pensar en muchas cosas mientras caminábamos o intentábamos caminar al ritmo de la tía B., sobre todo en el terrible cansancio abrazando mis piernas y las de Michelle. Esa noche apenas bebimos una cerveza. Dormimos como vagabundos luego de un viaje agotador, como migrantes en tierra de Oz. El domingo en la tarde quisimos pescar olas, cigarrillos, cervezas del día anterior y contemplar el Sol desdibujarse en sus extenuados rayos naranja, todo de un modo muy metafísico, y fue increíblemente hermoso. Tampa boy y las chicas permanecían en el hotel, en un piscina de dimensiones ridículas, con unos delfincitos dibujados al fondo que venían a resaltar, a reivindicar, el nombre del hotel, precisamente llamado Delfín. No, nosotros queríamos sumergirnos en el interior de una lata de cerveza, de un bleu belmont, de las risas y los chistes espontáneos al caminar en plena calle carnavalesca. Y lo juro. Huimos. Lo intentamos con todas nuestras fuerzas. Hasta que nos encontraron, mientras escuchábamos buena música, una música extraíada de un túnel de tiempo y de una emisora fantasma que únicamente se puede sintonizar en esa playa, en ese preciso espacio y a esa hora exacta, sentados plácidamente en aquellos tronquitos mientras una sonriente señora ofrecía unas súper minutas de los más variados y exóticos sabores y colores. Tampa boy, con sus bermudas tipo Miami y sus gafas oscuras, con su ceja intrigante y sus viejas pantorrillas de macho alfa en pleno patetismo, guiaba aquella extraña caravana rumbo al mayor de los aburrimientos. Al oscuro centro del hastío. Black hole. Sin elección, Michelle y yo nos volteamos a ver como dos niños que no tienen otra elección sino dejar el patio de juegos y entrar tímidamente en las fauces de la casa. Caminamos tras aquel cortejo fúnebre, en medio de muchachitas y muchachitos sexosos empujándose entre sí, empinándose botellas de alcohol y dándole un toque más preciso a ese rincón del trópico-utópico, entonces apareció de nuevo. Nos vio, nos saludó y, al final, nos salvó. Escuchamos que sus labios emitían ese inconfundible acento cubano. Pero cubano de la isla. Nos dijo qué es lo que andaba buscando. Y se trataba de algo más que una simple búsqueda. Eso lo pudimos reconocer ambos. Dijo que se llamaba Ernesto. Se sentó a la orilla de un murito que servía de límite de la cancha de fútbol/baloncesto. Nos pregunto si éramos de La Ceiba. Somos de TeguXibalba, la capital. Es que desde que los vi me pareció que ustedes eran distintos. Cruzó la pierna, una pierna delgada en extremo. Sonrió y sus ojos dulces brillaron. Soy cubano. Tengo esposa y una hija que ya es una adolescente. Ellas vinieron conmigo. Queremos ir al norte. El régimen nos está haciendo añicos. Mi mujer es enfermera. Yo soy técnico electricista. ¿Tú sabes lo que significa ganar un suelo de 10-12 dólares al mes? Por eso hemos venido acá. La noche era una hoja de papel cebolla. O más bien las palabras que Ernesto nos decía parecían flotar como si hubieran sido emitidas desde una garganta hecha de papel cebolla. ¿Sabes qué me dijo mi hija que quería que le comprara en cuánto llegamos a Honduras? Una coca-cola. ¡Es rica! ¿Verdad? Claro, la libertad cuesta. He visto lo peligroso que es acá. En Cuba tú puedes amanecer donde sea y no hay ninguna amenaza. Pero te faltan tantas cosas. De repente me vio y me dijo: ¿Me puedes dar un cigarrillo? Mira que soy asmático, pero igual ando inhalador. Se lo di. Fumamos. Ernesto dio una bocanada igual o acaso más grande y amplia que la nuestra, parecía querer comerse el mundo entero. O, en este caso, inhalarlo completito en una sola bocanada y llevárselo enterito a los pulmones. Al menos eso pensé. Vi de nuevo su rostro delgado, su barba de muchos días, sus ojos claros, los ojos de un superviviente que han visto tantas cosas y que de repente quisieran proyectar algo como un filme documental, pero sin nada de dramatismos solo la verdad pura, los ojos de un ser humano en busca de alternativas, de respuestas, de esperanzas. Michelle y yo permanecimos de pie todo ese tiempo. Luego Ernesto vio a Michelle y dijo que ella era muy linda. Ella sonrió y dijo gracias. Nos preguntó si éramos pareja. Sí. De inmediato hizo una broma sobre el anillo que yo llevaba en la mano derecha. Pensé en Michelle. Pensé en los ojos de Michelle y en los vuelcos de corazón y las pequeñas ilusiones que se anidaban en mi pecho, en mi mente y se enrededaban entre mis labios en forma de leves pulsaciones. Michelle volvió a sonreír. Una sonrisa tan bella perdura. La belleza pasa, esa sonrisa no. Dijo Ernesto con voz profética. Me vi anciano tomándole la mano a la viejecita Michelle. Al final nos pidio esa ayuda vital que son los billetes porque no había comido nada. Abrí mi billetera y le di algo. Le deseé buena fortuna. Le dimos la mano como en un ritual tal vez más viejo que el mismo mundo. Lo vi marcharse rumbo al barrio inglés. Ernesto y su piel bronceada. Recuerdo que nos dijo algo referente a que su abuelo había sido un español terrateniente en Cuba, expropiado y fusilado por el régimen. La deuda pendiente hacia todos los cubanos es devolverles todo eso que nos quitaron, nos había dicho. Michelle y yo cruzamos un par de frases. Supongo que meditamos en todo aquello muy de prisa y luego nos fuimos al hotel. Un trocito de Ernesto se quedaba con nosotros. Tomé la mano de Michelle y nos perdimos en la noche de La Ceiba.
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