Bundesrepublik Pío und trinken und trinken...

Todos estaban sentados en torno a  la mesa de hierro. En medio, semejante a un ídolo antiguo, la Kawama se erigía fría, semivacía, apetitosa, un grueso falo o una vasija de vidrio conteniendo la presunta y anhelada ebriedad/libertad de los sentidos; cada uno, cada cual, con su vasito de plástico, algunos sorbiendo lento y quedo, como si la hecatombe ya hubiera pasado y no quedara nada más en la Tierra, otros acariciando la vacuidad del insufrible plástico blanco, algunos de ellos -quizás dos o más- sosteniéndose la quijada en un gesto existencial tremebundo, tal vez pensando: beber o no beber, beber o cómo beber, beber, pero ¿qué beber?, beber-beber-beber, un pensamiento circular que no conducía hacia ningún lado salvo a la complicidad parroquiana de los demás, alteridad triste y meditabunda; alguien tomó la Kawama y la suspendió hacia el cielo como invocando a dioses paganos más viejos, más efusivos que Dionisos y Baco, entornó los ojos igual que un pájaro medio moribundo y midió el volumen del líquido restante, lo sirvió en los vasos con un cálculo brutal y perfecto, sin hacer espuma, con paciencia volvió a colocar la madre Kawama que se había sacrificado por sus patéticos hijos; los ojos voltearon, con desprecio, con ternura, con nostalgia, al interior del vasito que sus manos oprimían, oh diablos, parecía un ritual terriblemente estúpido, contenían el aire en sus pulmones, intentaban hacer el menor ruido posible, no querían que el de al lado siquiera sintiera su respiración, su sudor pegajoso en toda la frente y el cuello y el pecho y la espalda y las axilas y en la entrepierna y el culo, mientras su aliento apenas era un tímido intento a cerveza que se internaba en el esófago y las entrañas del estómago y el sinuoso intestino-serpiente y casi llegaba a gotear en la punta del bálano, sus dedos casi momias ateridas en falanges que se unían a las palmas de las manos y subsecuentemente a los antebrazos y brazos tristes o ridículos que hacían pulsos como en palenques de pueblo para lograr la conquista de las chicas -o solo parte de ellas; los "culos", decían ellos-, sus cabellos largos y gruesos y ensortijados o simplemente en franca y lisa decadencia, pero sucios, muy sucios, como si en ellos se contuviera la peste de toda la infame ciudad; de pronto una cajita de fósforos hizo su aparición, una mano la abrió, un cigarrillo corto, a medio fumar, yacía entre palitos de fósforos uniformes, soldaditos de una corte ficticia, un cigarrillo Imperial, menoscabado, la misma mano lo colocó en unos labios sinuosos y gruesos y secos, lo encendió en un sacrificio casi futil, la luz del fuego lamió los rostros existenciales de cada miembro de la hermandad de la sacrosanta Kawama, ¡jafeado!, ¡triqui!, dijo una voz extraída de una garganta insólita y agotada; bebieron el sorbo restante, el último sorbo de la Tierra y volvieron a ser figuras patéticas, ilusas, de ojos trashumantes, de rostros y gestos existenciales, el cigarrillo se ahogó en la boca de alguno de ellos, ¿y ahora qué?, dijo una voz agobiada, se hizo el silencio, la madre Kawama seguía viva en la memoria de la Bundesrepublik Pío, los bolsillos metafísicos se fueron exprimiendo, uno a uno, luego alguien sentenció: Ajustemos otra... ¡y ajustemos el animalito!

                                                                                    Istmanienhaus 15/I/15 1:06 a.m.

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