El Diablo
Era de madrugada. El tugurio que era esa calle en el Guanacaste parecía consumirse en una densa nube de un cigarrillo. Un cigarrillo que se estuviera fumando Teguxibalba. Teguxibalba en el iris de D.
Las luces de stop de un vehículo. D subió a un taxi, pero en el camino se le ponchó la llanta y luego el taxista le dijo que mejor buscara otro. Sin embargo, D se bajó a ayudarle a cambiar la llanta y de repente el taxista le dijo:
-¿Verdad que usted le entra al animalito?
-¿Por qué?, le respondió D sin inmutarse.
-Es que ando uno ahí. ¿No quiere que nos lo echemos?
¡Bang, bang! La madrugada hizo un guiño o tal vez fue la calle quien hizo un chasquido...
El demonio que era D sonrió.
La soledad del anillo periférico parecía tener dos ojos que volaran precisamente en plena madrugada sobre la ciudad, flotando semejantes a una niebla imperceptible… La misma niebla del cigarrillo de Teguxibalba. El iris cósmico de D.
Las luces del taxi proyectaban sus sombras más allá del pavimento, atravesaban el cerco y la serpentina de un almacén y se extinguían hacia los restos de un intento de montaña.
El taxista se levantó del piso un poco sucio de grasa y con algunas tuercas de la llanta en la mano. D, con su camiseta negra de Cannibal Corpse, espejuelos levemente ahumados en tono purple, pantalón oscuro y sus burros de batalla, lo vio a los ojos. Varios haces de luz emergían de su cabeza gracias a la luna. Se montaron al taxi y agarraron camino a las pantorrillas de la madrugada.
-Yo creo que lo mejor es que le entremos a este bruto- dijo el taxista.
Empezaron a esnifarse la criatura. Pero como le dijo la Pitonisa a Neo: Everything that has a Beginning has an end.
Así que ahí estaban ambos, con las fosas algo histriónicas, aún levemente estimuladas.
Entonces el taxista dijo:
-Como que ya quedé picado, ¿no quiere que vayamos por más?
-Nop.
D permanecía con la vista al frente, pero como si descifrara el más allá. Algo que ni el taxista ni nadie más podía siquiera imaginar. El taxista lo único que quería era dilatar sus sentidos.
-Mire, vamos a la San Michel y listo...
Una especie de saliva reverberaba en sus palabras.
-No. Sólo tengo para pagarle la carrera.
En el fondo, D sabía que sus palabras eran un anzuelo mental para el taxista...
-Bueno, entonces démelo y vamos a comprar más. Igual lo voy a ir a dejar. No se preocupe.
...y había picado. D, El Diablo, volvió a sonreír.
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