Dragonfly
Cast: Angela Lindvall as Dragonfly. La chica de la
caja. Hermosa. Apolínea. –Y que nunca soy sincero, siempre hay un cigarrillo en
mi interior–. La soledad que provocan estas películas pasada la medianoche.
Arrellanado en el sofá. Absurdidad. Filmmakers. Los pies encogidos. Créditos
escalando en la pantalla de la cajita idiotizante. Pequeñas líneas tras de sí.
Aglutinación de letras que hastía. Pienso en todo esto. El frío terrible del
congelador nuevo. Introducirme fue fácil. Aguardar dos horas mientras ella
hacía el corte de caja, aguantar a que cerraran el supermercado –que digo
súper, se trata de una tiendita en crecimiento– no lo fue tanto. Abrigado como
pude. Fingir que marcaba la salida. Y por un estúpido rollo de billetes.
Superfluidades. Claro, yo tenía intenciones de robar. Sin complicaciones. Nada
de sacar copias de llaves o forzar cerraduras y candados. No. La caja chica
tiene combinación. Yo la sabía. Había espiado a la dueña durante tres meses.
Soy un voyerista. Ahí, en esa cajita guardaba todo, incluido otro juego de
llaves. Así que todo fácil. Eso estaba claro. Rodeado de sombras y de frío, yo
aferrado al precioso silencio. Suponer que terminará pronto. Abrazarme las
pantorrillas como un contorsionista chino. Suponer que nadie intuye mi
presencia dentro del congelador nuevo. Imagino el rostro de Dragonfly. Su
sonrisa al venderme los Belmont. Fumaré uno en casa. Medianoche y termina todo.
O comienza. Pero al salir, al intentar salir, mi mano descubre la cadena
irrompible del otro lado. Estrenada precisamente esa noche. Maldición. Quién
encadena un congelador nuevo y vacío. Entonces, bajo los veintitrés o dieciséis
o doce o diez grados –porque la maravilla es que este sarcófago, esta cripta,
se autorregula cada hora– iba a terminar todo o yo lo iba a hacer. Linda
sorpresa la de mañana. Noticias. Sección sucesos: un idiota muere congelado
dentro de un “congelador” (¡¿valga la redundancia!?), se ignoran los motivos.
La fotografía, más estúpida aun: yo, revelado en esta ridícula posición. La
punta de mis dedos acaricia los eslabones de acero. Casi un acto de amor.
Cierro los ojos en vano. Me imagino como un moderno Prometeo. Una fogata se
alimenta de los sucios billetes. Enciendo un bleu Belmont. El fuego ilumina el
costado de la noche. Una medialuna pálida que es, al mismo tiempo, la epifanía
de Dragonfly. Humo del cigarrillo. Al menos tengo el hígado en su lugar.
Prometeo. Dragonfly es el inicio de una estrella, una geometría y el águila que
desfiguran mi alma (predestinada por una oscura divinidad). Silencio y
temblores frenéticos. Abro los ojos. La visión del hormigueo incesante en la
televisión. Puntos grotescos que parecen gusanos hacinados en el vientre de la
tele. Una batalla infinita se libra en mi mente. Estoy paralizado. Me falta el
aire en este congelador. Pero no soy claustrofóbico. La barbilla apoyada en las
rodillas –como un artista de la antigüedad o de un vodevil, un glifo maya, una
figura antropomórfica obscenamente inacabada–. Pienso en todo esto. Dónde
estoy. Temo seguir soñándome. Cerrar los ojos de nuevo (o abrirlos). Solo queda
el ligero temblor en mi cuerpo. Dragonfly es ficción o yo lo soy. No lo sé.
Necesito un bleu Belmont.
Domingo 23/II/13 Hotel
Itsmania [3ra. V.]
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