El mitómano


Estamos en mayo. Ligeros chubascos de horror cubren mi rostro. (Conciencias empozadas). El mitómano lame el micrófono, genealogías nauseabundas fluyen en sus cuerdas vocalizantes (como un grito, un aullido). Tristes banderitas proselitistas, multitudes uniformadas re-construyen una vieja tradición. Una señal del mitómano ejecuta el patético desfile: ejército de jóvenes mujeres, pantalones ceñidos, camisas ajustadas (ombligos como cíclopes observándolo todo), sonrisa autómata, contorsiones de cintura. Con belleza inútil lanzan dulces a los niños atrapados en la multitud, caen con estrépito entre sus sucios deditos, pequeños guijarros de dolor e hipocresía. Miles de gargantas aclaman una consigna vacía, el mitómano extiende los brazos en cruz y, por un instante, cierra los ojos y ríe escandalosamente. Entonces llueve, cae una tormenta apocalíptica, tiembla el escenario, hombres y mujeres se destiñen confusamente, se golpean, se empujan, se muerden unos a otros, hasta que no queda nadie, todos han huido a cualquier otro lugar. La lluvia prosigue, desde arriba, vertical caída que proviene de una lengua divina y contumaz. Los restos del mitin o un simulacro de nostalgias son apenas reconocibles. El mitómano no ha bajado los brazos (hundido en el metálico escenario, entre luces y cables agónicos), arriba tampoco cesa la misteriosa salivación. No recuerdo la hora, pero es mayo, y el horror es como una máscara absurda con trazos de historia líquida, fisuras circulares, cadáveres de miedo que no deben confundirnos, lo sé. Yo, limpio mi rostro. Prosigo.

                                                                                                                              Mayo de 2012

Comentarios

Entradas populares